Hay elecciones que exceden las fronteras del país en el que se realizan. Brasil está atravesando una de ellas.

El 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro quedaron frente a frente para disputar la presidencia en una segunda vuelta que tendrá lugar el 25 de octubre. El resultado de la primera vuelta mostró, al mismo tiempo, la persistencia de Lula y la fortaleza del bolsonarismo: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47 % de los votos y Lula, el 45 %. Pero la elección dejó, además, otra señal: La derecha radical logró una importante representación parlamentaria y tendrá una presencia decisiva en el Congreso brasileño

Por eso, mirar Brasil solamente como una elección brasileña sería un error.

Brasil es la principal economía de América Latina y una potencia política, económica y diplomática del continente. Lo que suceda allí tendrá consecuencias que excederán largamente al Palacio del Planalto. En un momento en que distintos países latinoamericanos atraviesan un giro hacia posiciones conservadoras y de derecha radical, Brasil aparece como una pieza central de ese mapa regional.

Pero para entender lo que está en juego hay que mirar un poco más atrás.

“El Cóndor que todavía sobrevuela”

En noviembre de 1975, los servicios de inteligencia de las dictaduras de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia se reunieron en Santiago de Chile y crearon la Operación Cóndor. Brasil se incorporaría posteriormente. No se trataba simplemente de compartir información: se construyó una estructura de cooperación represiva destinada a identificar, perseguir y eliminar opositores políticos más allá de las fronteras nacionales. La documentación desclasificada demuestra que la coordinación incluyó inteligencia,
comunicaciones y operaciones conjuntas.

El Plan Cóndor fue una expresión brutal de la Doctrina de Seguridad Nacional: la idea de que el principal enemigo no era necesariamente un ejército extranjero, sino un supuesto enemigo interno identificado con la izquierda, la militancia política, los movimientos sociales y cualquier proyecto capaz de cuestionar el orden establecido.

Pero decir que el Plan Cóndor terminó no significa necesariamente que hayan desaparecido todas las lógicas políticas que lo hicieron posible.

Porque el plan no fue solamente una maquinaria de inteligencia. También fue la construcción de un enemigo interno, la identificación de la izquierda como una amenaza para el orden social y la idea de que determinados proyectos políticos podían ser perseguidos en nombre de la defensa de la nación.

Y esa matriz sobrevivió a las dictaduras.

Argentina conoció, en 2022, un hecho que parecía imposible de imaginar en democracia: el intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, entonces vicepresidenta de la Nación. En 2025, la Justicia argentina condenó a Fernando Sabag Montiel a diez años de prisión por tentativa de homicidio agravado y a Brenda Uliarte a ocho años como partícipe necesaria.

Esto permite señalar algo que no debería naturalizarse: una de las dirigentes políticas más importantes de América Latina fue objeto de un intento de asesinato en plena democracia, en un contexto de profunda radicalización del discurso político.

Brasil ofrece un episodio todavía más evidente de esta tensión democrática.

Después de perder las elecciones de 2022 frente a Lula, Jair Bolsonaro y miembros de su entorno fueron investigados por un plan destinado a impedir la asunción del presidente electo. El 8 de enero de 2023, miles de sus seguidores invadieron y vandalizaron las sedes del Congreso, el Supremo Tribunal Federal y la Presidencia en Brasilia. En septiembre de 2025, el Supremo Tribunal Federal condenó a Bolsonaro por delitos que incluyeron el intento de abolir violentamente el orden democrático y la organización de un golpe de Estado.

Y, a partir de esto, me surge una pregunta que creo necesario hacerse/NOS:

¿Qué ocurre cuando una parte de la cultura política construida durante aquella época logra sobrevivir a las dictaduras que la originaron?

Porque las dictaduras terminaron. Sus métodos represivos fueron juzgados y, en distintos países, condenados. Pero algunas de las ideas que alimentaron aquella persecución no desaparecieron completamente.

El anticomunismo sobrevivió al comunismo que decía combatir.

Y en el siglo XXI cambió de nombre. Ya no siempre se habla de “subversivos”. Ahora aparecen palabras como “zurdos”, “comunistas”, “progres”, “globalistas” o “enemigos de la libertad”. El vocabulario cambia, pero muchas veces permanece una operación política similar: construir un enemigo capaz de concentrar sobre sí todos los miedos y frustraciones de una sociedad.

Por ende, el problema no es solamente lo que se dice, sino lo que queda instalado.

Hay algo incómodo que la izquierda latinoamericana debería asumir: no alcanza con enumerar sus logros para comprender por qué una parte de la sociedad continúa rechazándola.

Durante el tercer gobierno de Lula, Brasil consiguió importantes mejoras sociales y económicas. El desempleo cayó hasta niveles históricamente bajos; disminuyeron la pobreza y la inseguridad alimentaria; aumentaron los ingresos reales y se recuperaron políticas de valorización del salario mínimo. En 2025, Brasil volvió a quedar fuera del Mapa del Hambre de la FAO.

Y, sin embargo, millones de brasileños siguen rechazando al Partido de los Trabajadores y a Lula.

Eso debería obligarnos a pensar que el problema es también cultural.

Durante décadas, una parte de América Latina aprendió a asociar determinadas palabras con determinados miedos. “Izquierda” dejó de ser una categoría política y pasó a funcionar, para algunos sectores, como una amenaza abstracta. Ya no importa demasiado qué propone un gobierno concreto: basta con ubicarlo dentro de esa categoría para activar un rechazo previamente construido.

Ahí aparece un vacío conceptual preocupante.

Se puede rechazar una política económica, una medida social, una decisión diplomática o una gestión de gobierno. Eso forma parte de la democracia.

Pero otra cosa muy distinta es rechazar una corriente política sin poder explicar exactamente qué se rechaza.

Cuando “socialismo”, “comunismo”, “progresismo” o “izquierda” se convierten en palabras utilizadas como insultos antes que como conceptos políticos, el debate público pierde contenido.

Y cuando el contenido desaparece, queda el miedo. Y volvemos a discutir nuestros viejos fantasmas.

Por eso Brasil importa.

No porque Lula representa una izquierda perfecta (ninguna experiencia política lo es), ni porque el PT esté exento de errores, contradicciones o responsabilidades. Importa porque Brasil vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa a toda América Latina:

¿Qué tipo de democracia queremos construir cuando la ULTRADERECHA consigue transformar el descontento social en rechazo hacia cualquier proyecto de igualdad?

La cuestión tampoco puede resolverse diciéndole a la sociedad que está equivocada por sentir lo que siente.

Si millones de personas votan contra una determinada tradición política, hay que escuchar qué las moviliza. Pero escuchar no significa aceptar sin criticar los discursos que las movilizan.

Hay que preguntarse quién construyó esos miedos, durante cuánto tiempo, a través de qué medios, con qué palabras y contra quién.

Porque las batallas políticas no se libran solamente en las urnas. También se libran en el lenguaje. Y allí quizás esté una de las grandes tareas pendientes de las izquierdas latinoamericanas: recuperar el sentido de las palabras.

Explicar qué significa igualdad, qué significa justicia social, qué significa Estado, libertad y democracia. Y, además, demostrar que defender derechos no significa necesariamente quitar libertades; que construir políticas sociales no equivale a destruir la economía; que hablar de los trabajadores no significa hablar solamente para los trabajadores; y que una sociedad más igualitaria no tiene por qué ser una sociedad menos libre.

El avance de las derechas no debería ser leído únicamente como un fenómeno electoral. También es una disputa por el sentido común.

El viejo Cóndor ya no vuela de la misma manera. Pero algunos de sus fantasmas siguen sobrevolando América Latina.

La pregunta es si vamos a reconocerlos antes de que vuelvan a convertirse en paisaje.

Mi nombre es Anto… recuerden: el corazón, NUNCA a la derecha.

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