El Día Internacional de la Mujer Trabajadora no es una fecha decorativa en el calendario:
es memoria viva, es lucha encendida. Cada 8 de marzo recuerda las huelgas obreras de
mujeres a comienzos del siglo XX, las trabajadoras textiles que alzaron la voz por jornadas
dignas, salario justo y condiciones humanas. En 1910, en la Conferencia Internacional de
Mujeres Socialistas impulsada por Clara Zetkin, se propuso establecer un día internacional
para honrar esa lucha. Años más tarde, en 1917, las obreras rusas iniciaron una huelga
bajo la consigna “pan y paz”, hecho que marcó la historia y terminó de consolidar el 8 de
marzo como símbolo universal de resistencia y organización.

En Argentina, las mujeres hemos sabido torcer el rumbo de la historia. Conquistamos el
derecho al voto en 1947, impulsado por Eva Perón, ampliando la democracia para siempre.
Logramos la Ley de Divorcio, la Ley de Cupo Femenino, la Ley de Identidad de Género, la
Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género y, tras años de movilización
colectiva, la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Cada derecho conquistado fue
fruto de organización, de marchas, de debates y de una convicción profunda: la igualdad no
se pide, se construye.

Sin embargo, mientras avanzamos en lo público, seguimos sosteniendo en silencio una
carga desproporcionada en lo privado. En Argentina, las mujeres dedicamos en promedio
más del doble de horas que los varones al trabajo doméstico y de cuidados no
remunerados. Cocinar, limpiar, cuidar, acompañar, cuidar personas mayores o enfermas:
tareas esenciales para que la sociedad funcione, pero invisibilizadas y sin salario. Ese
tiempo no pago es también trabajo; es economía que no figura en los balances, pero que
sostiene al país entero.

Al mismo tiempo, la violencia machista golpea con cifras que no podemos ignorar: en
Argentina durante 2025 se registraron alrededor de 266 femicidios, casi uno cada 33
horas, dejando huérfanos y heridas que no cierran. Por cada muerte, casi mil intentos,
señales de una violencia estructural que sigue configurando el miedo en las rutinas de
tantas.

Hoy, frente a discursos y decisiones que desde la asunción de Javier Milei implican recortes
en políticas públicas de género y el desmantelamiento de espacios institucionales
conquistados, muchas alzamos la voz en repudio. Porque los derechos no son privilegios ni
gastos prescindibles: son garantías mínimas para vivir con dignidad y sin violencia.
Retroceder en igualdad es profundizar desigualdades históricas que aún no han sido
saldadas.

Como dijo Simone de Beauvoir, “no se nace mujer: se llega a serlo”, recordándonos que
cada derecho que pensamos como natural fue antes una batalla, y que la lucha por la
igualdad no se detiene ante la indiferencia.

Que este 8 de marzo sea un cantar profundo: nuestros cuerpos, nuestras vidas y
nuestros derechos no son negociables, y mientras exista una sola injusticia,
seguiremos marchando, juntas, incansables, hacia la libertad. 💚


Soy Anto, recuerden… el corazón NUNCA a la DERECHA 󰜬💚

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