Hay una frase que escucho cada vez con más frecuencia: «No me interesa la política» o «No
quiero involucrarme porque no me gustan los partidos políticos». Y cada vez que la escucho
siento una mezcla de preocupación y enojo. No porque todas las personas deban militar en
un partido, sino porque detrás de esa afirmación suele esconderse una confusión peligrosa:
creer que política y partidismo son lo mismo.

No lo son. Y esa confusión está teniendo consecuencias graves para nuestra vida
democrática y para las luchas sociales que históricamente ampliaron derechos.
Desde Aristóteles hasta Hannah Arendt, pasando por Norberto Bobbio, numerosos
pensadores han explicado que la política es mucho más que elecciones, campañas y
partidos. La política es la forma en que una sociedad debate sus problemas, organiza sus
conflictos y construye acuerdos para convivir.

Los partidos políticos son apenas una herramienta dentro de ese universo; Importante,
necesaria en democracia, pero una herramienta al fin.
Sin embargo, durante años se instaló la idea de que toda acción política es partidaria. Y
entonces ocurrió algo preocupante: muchas personas dejaron de participar en causas
colectivas por miedo a ser identificadas con un partido, como si defender la educación
pública fuera automáticamente ser oficialista u opositor, como si reclamar igualdad entre
hombres y mujeres fuera militar para una fuerza política determinada, como si preocuparse
por el hambre, el ambiente o la violencia social implicara necesariamente afiliarse a alguien.
La consecuencia es devastadora: mientras más personas se alejan de la política creyendo
que se alejan de los partidos, más débiles se vuelven las organizaciones sociales, los
movimientos ciudadanos y los espacios de participación colectiva.

El feminismo es un ejemplo claro. Más allá de las posiciones que cada persona pueda tener
sobre sus consignas, nadie puede negar que el movimiento feminista logró instalar debates
sobre violencia de género, desigualdad, cuidados y derechos que durante décadas
permanecieron invisibilizados. Fue una expresión política porque transformó la discusión
pública, pero no nació como un partido político ni se agota en una estructura partidaria.
Lo mismo sucede con los clubes de barrio, las organizaciones vecinales, los centros de
estudiantes, las cooperadoras escolares o los movimientos ambientales. Todos hacen
política porque intervienen en la vida común, y sin embargo muchas veces son rechazados
o deslegitimados bajo la acusación de estar «politizados», como si eso fuera algo negativo.
Lo paradójico es que quienes dicen no querer involucrarse en política porque rechazan a los
partidos terminan tomando una decisión profundamente política: dejar que otros decidan por
ellos.

Y allí aparece mi enojo.
Porque la despolitización no genera ciudadanos más libres: genera ciudadanos más
vulnerables. Cuando las personas abandonan los espacios colectivos, quienes concentran
poder encuentran menos resistencia, cuando la sociedad deja de organizarse, las
injusticias encuentran menos obstáculos, cuando las luchas sociales pierden participantes
porque muchos creen que involucrarse equivale a militar partidariamente, los derechos
conquistados comienzan a retroceder.
Esta confusión no es inocente; En muchos casos es funcional a quienes prefieren una
ciudadanía pasiva, aislada y desconfiada de toda organización colectiva.

El gobierno actual contribuye a este fenómeno cuando desacredita sistemáticamente a
quienes piensan distinto, cuando presenta toda crítica como un ataque, cuando reduce el
debate público a una lógica de amigos y enemigos. La democracia necesita desacuerdos,
pero no necesita odio. Necesita adversarios, no enemigos.
La teórica política Chantal Mouffe explica que el conflicto es inevitable en democracia. Lo
que no es inevitable es convertir a quien piensa distinto en alguien a quien debemos destruir
o silenciar.

También resulta preocupante la utilización de símbolos colectivos para fortalecer relatos
partidarios. El triunfo de la Selección Argentina de Fútbol en la Copa Mundial de la FIFA
Catar 2022 perteneció a millones de argentinos y argentinas que celebraron juntos más allá
de sus diferencias ideológicas. Cuando un acontecimiento que une a toda una sociedad se
utiliza como recurso de disputa política, se lo vacía de aquello que lo hacía extraordinario:
su capacidad para reunir a quienes normalmente están separados.
Por eso insisto en una idea que parece sencilla pero es urgente recuperar: no toda política
es partidaria. Defender una causa social es hacer política. Organizarse para reclamar
derechos es hacer política. Participar en una asociación civil es hacer política. Intentar
mejorar la vida de la comunidad es hacer política.
Si seguimos confundiendo política con partidismo, las luchas colectivas seguirán perdiendo
fuerza. Y cada vez más personas, convencidas de que se mantienen al margen, estarán
renunciando sin saberlo a una de las herramientas más poderosas que tiene una sociedad
para transformarse a sí misma.
La política no pertenece a los partidos, pertenece a la ciudadanía y olvidarlo, es un lujo que
ninguna democracia puede permitirse.

Soy Anto, el corazón NUNCA a la derecha.

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