Hay algo que resulta insoportable de ver en estos días: una ola de mensajes contra Argentina que parece haber encontrado en el fútbol la excusa perfecta para decir cualquier
cosa. Se puede perder una final, se puede felicitar al campeón, pero otra muy distinta es convertir a un país entero en el blanco de una campaña de insultos, estereotipos y desinformación.
Se repite hasta el cansancio que Argentina es un país «racista», ignorando deliberadamente su propia historia. Fuimos uno de los primeros territorios de América en establecer la libertad de vientres en 1813, una medida que significó que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres.
Décadas más tarde, la esclavitud quedó definitivamente abolida con la
Constitución de 1853. Eso no significa que nuestra historia esté libre de racismo o discriminación, porque ningún país puede decir eso, pero sí demuestra que la realidad es mucho más compleja que los relatos simplistas que hoy circulan en redes.
También se desconoce por qué hoy la comunidad afroargentina es mucho más pequeña que en otros países. No hubo una única causa: las guerras de independencia y del siglo XIX, epidemias como la fiebre amarilla, la mezcla con el resto de la población y los cambios en la forma en que los censos registraban la identidad explican gran parte de ese proceso histórico. Reducir todo a «Argentina hizo desaparecer a los negros» no es historia: es propaganda.
Y mientras desde afuera nos señalan con el dedo, el primer dirigente que muchas veces alimenta la confrontación y los agravios hacia otros también es argentino: el propio presidente. Cuando quien ocupa el máximo cargo del país hace de la descalificación una forma permanente de hacer política, contribuye a un clima de polarización y hostilidad que termina proyectándose hacia afuera. Distintos análisis sobre el debate público argentino han advertido sobre el crecimiento y la normalización de los discursos agresivos en los últimos
años.
Una cosa es la rivalidad deportiva. Otra muy distinta es el odio organizado. Si realmente queremos combatir el racismo, la xenofobia y la discriminación, empecemos por dejar de convertir a pueblos enteros en caricaturas. Critiquemos conductas, gobiernos o personas, pero no fabriquemos enemigos colectivos.
Porque cuando el prejuicio reemplaza a la historia y el algoritmo premia el insulto, ya no estamos hablando de fútbol. Estamos hablando de odio.
Y hay algo más preocupante detrás de todo esto: pareciera que algunos están mucho más interesados en instalar un relato que en buscar la verdad.
Cuanto más se habla de que «Argentina es un país racista», menos se habla de los verdaderos problemas que atraviesan nuestras sociedades: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la violencia o la falta de oportunidades. El odio vende, genera clics, divide y enfrenta.
Lo más triste es que ese discurso termina rompiendo algo mucho más valioso: la
hermandad entre los pueblos latinoamericanos. Compartimos una historia de luchas por la independencia, de resistencia al colonialismo y de desafíos comunes.
Deberíamos estar tendiéndonos puentes, no levantando muros por un partido de fútbol o por campañas de odio que encuentran en las redes sociales el terreno perfecto para multiplicarse. Eso no significa negar que en Argentina exista racismo o discriminación; como ocurre en prácticamente todos los países, son problemas reales que deben combatirse. Pero combatirlos exige honestidad, no estigmatizar a una nación entera ni convertir el prejuicio en una verdad absoluta.
Porque cuando dejamos que nos enfrenten entre hermanos, los únicos que ganan son quienes necesitan una sociedad dividida. América Latina tiene demasiadas heridas históricas como para permitir que ahora nos convenzan de que el enemigo está del otro lado de una frontera. El verdadero desafío sigue siendo el mismo de siempre: construir una región más unida, más justa y más consciente de su propia historia.
Soy Anto, el 💜 NUNCA a la derecha!
“Gracias selección ” RECUERDEN “Las Malvinas, ETERNAMENTE Argentinas!”
