Hay momentos en los que una sociedad deja de hablar solamente a través de las instituciones y vuelve a hacerlo en las calles.

El sábado 19 de septiembre, miles de personas participaron de la denominada Marcha de la Bronca, una movilización impulsada por el Frente de Izquierda y acompañada por organizaciones sindicales, sociales, estudiantiles, de derechos humanos, jubilados, colectivos culturales y otros sectores. La convocatoria también tuvo réplicas en distintas ciudades del país.

Pero más allá de las consignas partidarias, de quién convocó o de quién ocupó el escenario, hay una pregunta que resulta más interesante: ¿qué significa que una parte de la sociedad vuelva a ocupar el espacio público para expresar su descontento?

Porque una marcha no es únicamente una columna de personas caminando. También es una manera de decir que aquello que muchas veces se vive individualmente puede convertirse en un problema colectivo. El salario, el trabajo, las jubilaciones, la educación, la salud, las condiciones de vida o el rumbo económico dejan de ser solamente preocupaciones privadas cuando miles de personas deciden ponerlas en común.

Y quizás ahí esté el verdadero significado de la palabra elegida para la convocatoria: bronca.

La bronca, en principio, es individual. Se siente en silencio, puertas adentro. Pero cuando se comparte, cuando encuentra otros que sienten algo parecido y se transforma en una acción colectiva, adquiere una dimensión política.

Hannah Arendt pensaba justamente la política como ese espacio que aparece cuando las personas se reúnen, hablan y actúan juntas. La política no ocurre únicamente dentro de un Congreso, un despacho o una urna, también aparece cuando una sociedad ocupa una plaza y hace visible aquello que quiere discutir. La calle, entonces, también puede ser un escenario democrático.

Pero hay otra cuestión detrás de esa escena: ¿De dónde surge esa bronca y por qué algunas ideas logran convertirse en demandas colectivas?

Ahí resulta interesante recuperar, aunque sea de manera indirecta, a Antonio Gramsci. El poder no se sostiene solamente por la fuerza. Se construye a través de consensos, ideas y formas de interpretar la realidad ,lo que una sociedad considera normal, inevitable o posible también es objeto de disputa.

Y la política argentina viene atravesando, precisamente, una fuerte disputa por ese sentido común.

¿Qué significa libertad? ¿Cuál debe ser el papel del Estado? ¿Qué lugar ocupa el trabajo? ¿Qué derechos deben garantizarse? ¿Qué significa ajustar? ¿Quién debe asumir los costos de una crisis? ¿Qué modelo de país se está construyendo?

Son preguntas que no pertenecen exclusivamente a los partidos políticos, se discuten en las familias, en las escuelas, en los sindicatos, en los medios, en las redes sociales y, también, en las calles.

En ese sentido, la Marcha de la Bronca puede leerse como una expresión de esa disputa. No solamente como una protesta contra determinadas medidas del Gobierno, sino también como el intento de determinados sectores de construir otra interpretación sobre el presente argentino.

Pero una marcha tampoco puede convertirse automáticamente en la representación de toda una sociedad. Una marcha puede visibilizar un conflicto, reunir identidades, instalar temas en la agenda pública y demostrar que existe capacidad de organización.

Pero después aparece una pregunta más difícil: ¿Qué sucede con esa bronca cuando termina la marcha?

Porque la calle puede expresar una relación de fuerzas, pero no necesariamente la transforma por sí sola.
La movilización necesita encontrar, tarde o temprano, canales de participación, organización y representación. Y ahí vuelve a aparecer aquella vieja discusión gramsciana sobre la construcción de consensos y la disputa por las ideas,…” La política no consiste solamente en ocupar espacios”… también implica conseguir que determinadas demandas sean escuchadas, discutidas y, eventualmente, incorporadas a una agenda colectiva.

Tal vez por eso las plazas siguen teniendo tanta fuerza simbólica en la Argentina

Una plaza llena no es solamente una multitud. Es una sociedad que se muestra, que se reconoce, que discute y que también se enfrenta con otras formas de entender el país. Hay memoria, identidad, conflicto y disputa.

Y en ese punto aparece otra pregunta inevitable: ¿Qué lugar ocupa la moderación en una sociedad atravesada por conflictos?

Myriam Bregman dijo ayer en el stream de “Gelatina” una frase que resuena y completa el análisis … “Para ser MODERADA está el cupo bastante lleno”.

Más allá de compartir o no la afirmación, la frase condensa una discusión mucho más amplia. ¿Qué significa ser moderado en la Argentina actual?

La moderación puede significar diálogo, búsqueda de acuerdos y capacidad para convivir con quien piensa diferente. Pero también puede ser cuestionada cuando se convierte en una forma de evitar conflictos que necesitan ser discutidos.

Quizás la cuestión no sea elegir entre moderación o radicalidad como si fueran dos posiciones cerradas, quizás la pregunta sea otra: ¿Cuándo la moderación ayuda a construir acuerdos y cuándo comienza a funcionar como una manera de no discutir lo que incomoda?

Y ahí la frase de Bregman deja de ser solamente una consigna política para convertirse en una pregunta sobre nuestro propio tiempo.

Porque una democracia no debería aspirar a eliminar el conflicto. El conflicto forma parte de la vida democrática, lo importante es qué hacemos con él.

La Marcha de la Bronca no debe ser reducida simplemente a una marcha más. Es una expresión concreta de un sector de la sociedad que decidió hacer visible su descontento y disputar, en el espacio público, el significado del presente.

Quizás ese sea el punto por el que Arendt y Gramsci todavía tienen presentismo en la sociedad actual: la política ocurre cuando los ciudadanos aparecen, hablan y actúan; pero también cuando disputan las ideas con las que una sociedad interpreta su propia realidad.

El 19 de septiembre, la bronca ocupó la calle.
Ahora queda una pregunta mucho más profunda:
¿Qué hará la política con esa bronca cuando las calles vuelvan a vaciarse?

Mí nombre es Anto, recuerden… El 💜 NUNCA a la DERECHA

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