¿Esto es lo que votaron? ¿Un país donde un grupo de varones sale a cazar travestis en los Bosques de Palermo? ¿Una Argentina donde la violencia contra las mujeres y las diversidades se vuelve una noticia cotidiana, mientras quienes gobiernan cuestionan derechos que costaron décadas de lucha?

Escribo esta columna con lágrimas. Con una angustia que se transforma en bronca. Estoy harta. Harta de tener que repudiar una y otra vez la violencia, de contar mujeres asesinadas, de ver travestis perseguidas por existir. Harta de que el horror se repita y de que pretendan que nos acostumbremos.

Lo ocurrido este fin de semana en Buenos Aires no fue una simple agresión: fue una cacería. Mujeres trans perseguidas, golpeadas, humilladas. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando la identidad de una persona se convierte en motivo de violencia?

No podemos separar estos hechos de los discursos de odio que se escuchan desde el Gobierno de Javier Milei. Cuando el Presidente, en Davos, vincula a la comunidad LGBTQ+ con la pedofilia; cuando se ridiculizan las políticas de género y se cuestionan derechos conquistados, no estamos frente a palabras inocentes. Estamos frente a discursos que estigmatizan, que deshumanizan y que contribuyen a construir un clima donde la discriminación puede sentirse legitimada.

No digo que cada agresión sea consecuencia directa de un discurso presidencial. Digo que quienes gobiernan tienen una responsabilidad enorme sobre el clima social que construyen. El odio no nace de la nada. Se alimenta de prejuicios, de desigualdades y de discursos que señalan a determinados cuerpos como enemigos.

Argentina tiene leyes que deberían proteger al colectivo travesti-trans: la Ley 26.743 de Identidad de Género, la Ley 27.636 Diana Sacayán-Lohana Berkins de cupo laboral travesti-trans, la Ley 23.592 contra los actos discriminatorios, la Ley 26.485 de protección contra las violencias de género, la Ley 26.150 de Educación Sexual Integral y los tratados internacionales de derechos humanos. Sin embargo, entre la letra de estas leyes y la realidad existe una distancia dolorosa. ¿De qué sirve reconocer derechos si las personas
siguen siendo perseguidas, excluidas y violentadas? ¿De qué sirve una ley sin políticas públicas, presupuesto y voluntad de garantizarla?

La violencia no es una noticia aislada. El Observatorio Nacional MuMaLá registró 239 muertes por razones de género entre enero y octubre de 2026, entre ellas 8 trans/travesticidios. También contabilizó 728 intentos de femicidio. Detrás de cada cifra hay una vida, una familia destruida, una ausencia irreparable. No podemos hablar de femicidios y trans-travesticidios como si fueran fenómenos desconectados: aunque tienen particularidades, ambos nos muestran una estructura de violencia que castiga a quienes
desafían los mandatos de género.

Me duele profundamente que tengamos que seguir explicando que una identidad no es una provocación, que una existencia no es una amenaza, que nadie merece ser perseguida por ser quien es. Me duele que el espacio público, que debería pertenecernos a todas, se convierta en un territorio de miedo.

No quiero acostumbrarme. No quiero que la indignación dure apenas unas horas. No quiero que el repudio sea solamente una publicación en redes sociales. Quiero justicia, políticas públicas, educación y un Estado que proteja, no que retroceda.

Y frente a quienes todavía creen que esto es una disputa ideológica, les digo: la dignidad no es partidaria. El derecho a vivir no se negocia. Ninguna identidad merece ser perseguida y ninguna vida puede valer menos.

Este sábado 7 de noviembre, en la Marcha del Orgullo, volvemos a las calles. Por quienes todavía viven con miedo y por quienes lucharon para que hoy tengamos derechos.

Marchamos porque existir no debería ser una lucha. Porque frente al odio, la respuesta es la organización. Porque no vamos a permitir que la crueldad se convierta en política de Estado.

¿Esto es lo que votaron? Nosotras/os/es no vamos a votar el silencio.

Nos vemos en las calles. Porque el orgullo también es resistencia.

soy Anto… recuerden el corazón NUNCA a la derecha!

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